- Señorita Gallagher -murmuré tras ella.
La joven se giró instintivamente hasta donde había escuchado el
sonido de mi voz. Sus ojos centellearon de esperanza y llevó sus
delicadas manos hasta el escote de su vestido fingiendo un susto
inexistente.
- Señor Byron -pronunció con una gran sonrisa.
Ella pensaba que aquello era lo mejor que podía pasarle en ese
momento pero estaba tan equivocada que jamás entendería hasta que punto.
Puede que más tarde cuando fuese liberada de lo que estaba a punto de
sucederle.
Fijé mi mirada en su iris e hice que la suya se quedase clavada
en mis pupilas. Seguramente vería como mis ojos comenzaban a centellear y
asintió sin rechistar a lo que en un siseo de serpiente había
pronunciado.
Comenzó a caminar hasta mi casa mientras la seguía a varios
metros de distancia para que no sospechasen de nada indebido todos los
aldeanos que nos veían transitar las calles. Saludé a todos y cada uno
de los aldeanos que mi miraba y después desaparecí a gran velocidad
hasta entrar en mi hogar para abrir la puerta a mi invitada antes
incluso de que llamase al timbre.
Me sonrió cuando cruzó el umbral y la guié tomando una de sus
manos hasta mi habitación. Ni nos percatamos en nada, permanecíamos
mirándonos a los ojos continuamente subiendo las escaleras y recorriendo
el pasillo. Por suerte todo el suelo de aquel camino estaba cubierto de
alfombras, lo cual hacía mucho más fácil la discreción de nuestro
encuentro.
Mi mano se posó en el picaporte de la puerta de madera labrada y
barnizada en un tono oscuro dando contraste con las paredes claras de
ese pasillo. Lo giré suavemente, con lentitud hasta que se oyó un clic
indicando que la puerta estaba abierta. Dejé que por inercia se abriese
sola mientras invitaba a mi víctima al interior de mis aposentos.
Una vez cerrada la puerta la liberé del hechizo al cual la había
sometido para que pensase que aquello era otro sueño. Sonreí mientras
soltaba su mano y ella contemplaba todo lo que había a su alrededor.
- ¿Es esto otra fantasía? -preguntó dudosa.
- ¿Acaso tiene explicación alguna si no? ¿Acaso recuerda haber
venido a mi hogar, haber dialogado conmigo o incluso haber tomado una
taza de té en mi compañía?
Me encantaba aquel juego de manipular todo lo que podía la
mentalidad de una simple humana que jamás se daría cuenta de lo que
estaba sucediendo.
- ¿Sigo siendo su ama?
Se giró y me miró fijamente aún sin creerse mucho que ella pudiese imaginar todo de una manera tan sumamente real.
- Por supuesto. Es mi ama y señora. La única dueña de mi
corazón.. -dejé mi bastón a un lado, sobre una silla para después
sentarme en ella y contemplar a la mujer que estaba frente a mí.
- ¿Qué desea que haga? -bajó su mirada.
- Esa pregunta debería hacérsela yo, mi amor -susurré de manera seductora.
Escuché como su corazón comenzó a latir desbocado por como la
había calificado. Sonreí complacido. Me quité la chaqueta y me acerqué a
ella tras levantarme rozando delicadamente sus mejillas.
- La amo -murmuré e hice que fijase su mirada en la mía una vez más-, Helen.
- Soy Helen -susurró hipnotizada.
Había caído en el hechizo. Si la llamaba Helen no importaría porque es como ella creía ahora que se llamaba.
Mi rostro quedó a milímetros del suyo y noté como su respiración
estaba acelerada haciendo que su aliento chocase contra mis labios. Besé
con dulzura, intentando contenerme y siendo un hombre delicado para que
realmente pensase que aquella era su primera vez. Una mujer no podía
imaginar todo aquello de manera salvaje si no sabía lo que era.
Correspondió mi beso muy torpe, pero poco a poco comenzó a
mejorar. Sus labios no se despegaban de los míos ni un instante salvo
para respirar. Mis brazos rodearon su cintura atrayéndola a mi cuerpo
cuando la pasión comenzaba a florecer en ella.
Escuché un leve jadeo y mi labios recorrieron su garganta. Sus dedos agarraron mi cabello apretándome contra ella.
En ese instante mi lengua juguetona había decidido salir a para
recorrer su piel. Noté como se estremecía en sus brazos y fue en ese
instante cuando mis dedos se enredaron en el cordel de su vestido.
Deshice el nudo mientras ella se sonrojaba por lo que sabía que estaba
por suceder pero aún así podía leer en su mente como no deseaba que
parase jamás.
Me deshice de aquel pesado traje y lo dejé sobre el suelo. La
tumbé en la cama mientras la tomaba entre mis brazos dejando durante el
proceso que mis labios bajasen hasta su escote.
No decía nada, ni hacía nada tampoco solamente me dejaba hacer.
Me incorporé y desabroché mi camisa quitándomela en breve arrojándola
junto a su vestido.
Volví a inclinarme sobre ella y besé su cuello una vez más. Mis
manos subían mientras tanto la tela de sus enaguas. Las yemas de mis
dedos rozaban su piel mientras ella jadeaba y gemía descubriendo nuevos
placeres carnales. Aquello no me incentivaba en absoluto, pero
imaginarme a Helen sobre mi cama, siendo ella desvestida por mis manos
hizo de mí un completo loco.
Tiré de la cinta que mantenía sujeta su corsé y le quité la ropa
que tenía rápidamente. No miré su rostro, cerré los ojos y comencé a
pasar mi lengua por sus pechos una vez que estos quedaron desprotegidos.
Su piel se erizaba bajo mi músculo y mientras ella acariciaba mi
espalda con una mano agarrándose con la otra a las sábanas, retiré lo
que quedaba de ropa.
Dejé de ser cuidadoso y devoré aquellos senos para escucharla
gemir, para que se excitase más y fuese fácil poseerla. Sabía que con
Helen, haría que su entrega sería más ruda, más necesitada.
Mis manos se posaron en sus muslos y abrieron sus piernas para
situarme entre ellas. En ese instante entré sin previo aviso en ella
regalándome mi movimiento un grito de su parte.
- Pare, se lo suplico -murmuré suavemente y volví en sí.
Una de las criadas me servía una taza de té mientras los varones ayudaban a la madre a volver a sus aposentos.
La joven Susan me dedicó una coqueta sonrisa que no pude corresponder
y noté como los ojos de Helen me miraban de una manera analítica. El
rey se puso de pie y caminó hacia una mesa mientras hablaba de algo que
no quise hacer caso. Todos los allí presentes se marcharon excepto
Helen a la que el rey le obligó, de malas maneras, tocar para nosotros.
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