Los ojos burdeos de aquella mujer que parecía tan inusual aún estaban fijos en los míos y su aliento rozaba mi rostro con una sacudida que conseguía que mi cuerpo temblase ligeramente.
-
No te preocupes, nadie nos ve ahora pero tú -me soltó con brusquedad-,
me vas a decir ahora mismo los motivos de tu visita Cullen -dijo con
asco.
Sentí como si algo de lo que hubiese dicho hubiese conseguido devastarme pero me negué a mí mismo aquella estupidez.
Rápidamente me incorporé y ella me miró fijamente colocando sus brazos cruzados sobre su pecho.
La contemplé y fruncí mi ceño con fuerza recibiendo casi a la milésima de segundo el mismo gesto por su parte.
- ¿Quieres responderme de una maldita vez, Cullen? -preguntó con un tono que denotaba la aberración que me tenía.
Suspiré.
Ella iba a descubrirme seguramente si no le contaba mis planes ante sus
superiores y Aro con tan solo tocarme sabría mis verdaderas
intenciones.
- No tengo porqué contarte -respondí.
-
Sabes de sobra que si tú no hablas pienso contarle a mis maestros que
estás aquí sin que me importe ni lo más mínimo lo que vayan a hacerte
-se encogió de hombros-. Ya sabes lo que es sufrir perdiendo a tu
esposita pero te aseguro que los Volturis pueden hacer torturas aún
peores conociendo los dones que están bajo su poder -sonrió maliciosa-.
¿Acaso olvidaste la maravillosa sensación de sentir como si te matasen
por dentro que Jane puede darte con tan solo una de sus miradas?
Un gruñido salió del interior de mi garganta haciendo eco en mi pecho al haber intentado retenerlo.
- Veo que sí lo recuerdas -sonrió aún más y comenzó a caminar alrededor de mí.
La
contemplaba. El contoneo de sus caderas llegaba a convertirte en
esclavo de lo que desease ella que hicieses. Sus cabellos dorados caían
de una manera tan increíblemente inusual sobre sus hombros y su espalda
que me parecía completamente imposible que aquella fuese una vampiresa,
esa mujer debía ser lo más parecido a un ángel que se encontrase.
¿Por qué habían convertido semejante belleza en una vampiresa? Debían haberla dejado florecer como mujer.
- ¿No vas a contestarme? Muy bien -se giró hacia mí y se acercó-. Tú lo quisiste. Iremos a visitar a Aro.
Todo volvió a ser normal a nuestro alrededor mientras sus ojos seguían fijos en mí.
Se
giró de manera que el perfume de sus cabellos llegó hasta mí y me
invadió. Caminó hacia delante tan solo unos pasos y después me miró por
encima de su hombro.
- Sígueme.
La
obedecí. No tenía alternativa. No quería contarle la verdad pero no
sabía como me libraría de que Aro supiese todo lo que pasaba por mi
mente si decidía tocarme.
De vez en cuando aquella
joven me miraba sobre su hombro con una mueca de completo desagrado pero
cada vez que sentía sus ojos carmesí fijos en mí me tensaba de una
forma muy extraña.
- Ni se te ocurra ni tan siquiera
pensar en escaparte, Cullen. Soy una neófita recién convertida y no
podrás conseguir alejarte de mí ya que he sido muy bien entrenada estos
meses y antes de mi conversión -me informó-. Es mejor que cumplas con lo
que te digo y así sobrevivirás.
El camino se hacía
largo y mis ojos no podían evitar fijarse en las curvas de la preciosa
mujer que me había alejado de la venganza pero que quizá había
conseguido alargar mi vida tan solo unos segundos.
-
¿Sabes que si hubieses llegado con los turistas hubieses muerto en el
acto? No te preocupes, ahora no verás a Aro ya que está satisfaciendo su
sed -murmuró y se giró para mirarme-. Pero me dirás que es lo que
tramas.
Sonrió y antes de llegar a la sala donde
estaban aquellas tres butacas dobló a la derecha y comenzó a recorrer
otro pasillo que llevaba a una habitación completamente diferente.
¿Qué estaba haciendo?
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