La miré mientras el eco del disparo aún se escuchaba. El chillido de
una mujer había sido amortiguado por el gran impacto de la bala. Ella
miraba hacia la parte alta de la barandilla buscando alguna señal que
indicase que podía salir de nuevo de nuestro improvisado escondite. Sus
ojos azules centelleaban mientras era más que posible escuchar los
latidos de su corazón acelerado.
Su aroma era embriagador. Ahora podía ser partícipe de la gran suerte que tenían todos los que podían estar a su alrededor.
La vela yacía a nuestro lado. Se había apagado por el brusco
movimiento. No era capaz de articular palabra pero al otro lado de la
verja todo era muy diferente. Podía escuchar gritos pero no llegaban con
claridad a mis oídos pues estaba tan absorto en la belleza que estaba
contemplando desde tan cerca que me parecía todo lo demás completamente
secundario.
Sus manos se apoyaron sobre el césped y se comenzó a incorporar
lentamente mientras su cabello se posicionaba sobre su hombro izquierdo.
Por temor a que algo pudiese pasarla agarré su brazo con suavidad para
volver a colocarla como estaba. Ella me miró, confusa pero yo
agradecido sonreí fugazmente porque me dedicase su hermosa mirada.
- No se levante aún -musité.
Me incorporé en el lugar de ella y de puntillas miré sobre la parte
de ladrillo de la verja. Entrecerré los ojos y contemplé la escena.
Ya le habían quitado el arma al despechado y mientras tanto la
culpable de ese triángulo amoroso había comenzado a llorar diciendo
entre sollozos mi nombre porque ya no me veía. Rodé los ojos pesaroso.
- Pesada -dije entre dientes.
- ¿La conoce tan bien como para poder decir algo semejante de ella? -susurró aquella dulce voz muy cerca de mi oído.
- Créame que es lo más noble que puede decirse de ella -contesté.
Aquella linda mujer me miró con gesto de desapruebo pero no dijo nada más.
Me levanté y volví a salir por la puerta de la verja del castillo. Ella también se levantó y limpió sus faldas como pudo.
- Debería volver a su hogar, señorita -le aconsejé.
- Eso haré, caballero -asintió y dirigió una mirada furtiva hacia los guardias- Adiós.
Después de despedirse fue rápidamente hasta el palacio y la perdí
entre las hojas de los árboles. Suspiré apesadumbrado. Apreté mis manos
contra el frío hierro y bramé para mis adentros. Como deseaba poder
tomar a aquella mujer entre mis brazos y hacer que gritara mi nombre sin
compasión pero no era posible. Si tocaba a alguien de la corte era más
que obvio que terminaría muy mal parado. Sonreí con malicia. Me
encantaban los riesgos y ese era uno que pensaba correr.
Miré a mi alrededor y por como me ardía la sangre supe que necesitaba
descargar mi apetito tan voraz. Necesitaba hacer mía a una mujer e
imaginar que era la dulce propietaria de ese aroma tan delicado.
Me dirigí hacia las pensiones donde siempre había alguna dispuesta a entregarse a mis encantos.
Durante mi caminata no podía quitarme esos ojos azules de la mente.
La sed de pasión subió de tal forma que llegaba a dolerme el pantalón.
Aquella mujer debía ser mía pero a su debido tiempo. Jamás nada me había
llevado a cometer la locura que deseaba pero lo haría me costase lo que
me costase.
Llegué a la taberna de mala muerte del viejo Billy el cojo. Reí al
escuchar el gran jaleo del interior. Eso me gustaba, significaba que aún
podría tener donde escoger.
Entré y al hacerlo llené mis pulmones del intenso aroma a tabaco y
alcohol barato. Allí estaban todas las mujeres más poderosas del mundo
en cuanto a secretos se refiere. Podrían destronar al mismísimo rey si
se les antojase pero aquella vida lasciva era lo que realmente le
gustaba.
Miré al joven que estaba tras la barra, le hice un gesto y sin mediar palabra me sirvió un vaso de whisky.
Observé mi alrededor. Todas las exuberantes féminas de aquel lugar
intentaban seducirme con sus miradas e incluso con gestos obscenos.
Algunas deslizaban su lengua entre sus labios y la sola idea de ver a
aquella delicada dama de la corte realizar el mismo gesto por mí me
volvía loco. Vi a lo lejos a una chica de similares características
físicas pero ni una pequeña parte de su belleza. Me daba igual. Quería
entrecerrar los ojos y verla a ella, a la mujer que había conseguido
borrarme la razón para mantenerme en la continua excitación.
Bebí de un trago el whisky de importación que estaba entre mis manos.
Dejé el vaso sobre la barra y me apresuré a caminar hasta la joven que
me miraba de la misma manera lasciva que el resto de las presentes.
- ¿Puedo ayudarle en algo? -dijo riendo mientras se hacía la inocente.
Antes de que mis ganas de hacer lo que mi cuerpo deseaba se desvaneciesen la miré con frialdad.
- No digas ni una sola palabra, solo quiero sonidos, no quiero palabras. Si dices alguna te dejo como estés -la ordené.
Después la agarré con fuerza del brazo y caminé hasta la parte
trasera del bar donde estaba todo mucho más oscuro. Abrí una pequeña
ventana y dejé que los rayos de la luna entraran pero que no se viese
por completo el rostro de esa mujer.
Ella se dirigió hasta mis pantalones rápidamente, la paré y la empotré contra la pared.
- ¡Mando yo! -grité.
Ella no dijo nada más ni hizo nada que yo no la pidiera. Eso era lo que quería. Debía intentar ser lo más inocente que pudiese.
Miré su corsé y rompí las tiras. No aguantaba más. La podía imaginar a
ella mirándome con aquellos ojos azules y enfundada en aquel vestido
barato solo porque yo se lo había ordenado.
Descubrí sus pechos, seguramente serían más hermosos los de ella pero
no importaba, no iba a mirar a aquella cualquiera. Los mordí con
necesidad mientras tenía mis ojos cerrados.
Necesitaba que gimiese aquella zorra barata solo para así poder llevar al completo aquella insólita fantasía.
Lo hizo, gimió. Sonreí con malicia y la arranqué lo que tapaba aquel
lugar en el que tantos hombres se habían metido. No, pero no. Ella era
la doncella, sí. Allí nadie había estado, nadie lo había perforado. ¡Oh,
soberana delicia! Un cuerpo virgen que mancillar.
Me bajé el pantalón y la embestí, con fuerza, sin remordimiento.
Escuché aquel grito. No, la fantasía no era completa porque no era su
voz. Tapé la boca de esa odiosa mujer y comencé a penetrarla una y otra
vez sin piedad. No me importaba si la dolía, ese era su trabajo, lo
único que yo deseaba era disfrutar.
No tardé mucho en descargarme por completo. Salí de ella y me fui sin
preocuparme si ella había terminado o no. Me era completa y
absolutamente indiferente. Yo estaba satisfecho y eso era lo que
importaba.
Pasé mi mano por mis cabellos desordenados y abrí la puerta trasera.
Miré la callejuela y entonces una sombra tapó la luna. ¿Qué estaba
sucediendo? No era ninguna nube.
Sentí un intenso dolor en mi cuello y un grito ensordecedor salió de mi garganta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.