Allí estaba ella. Deslumbrante. Sus ojos azules miraban de un lado a
otro sin detenerse en ninguna cara concreta. Sus manos permanecían
temblorosas. No avanzaba de aquel lugar. Seguía quieta en el primer
escalón. Aquella era mi oportunidad de acercarme a ella por lo que
decidí subir para llegar a su rescate pues parecía estar a punto de
desvanecerse.
En el preciso instante que había ascendido dos escalones apareció un
brazo al lado de la joven y le ofreció su ayuda para descender mientras
el rechoncho portavoz comenzaba a anunciar:
- El conde Christopher Norton.
Las mujeres comenzaron a suspirar y algunas murmuraron acerca de la
maravillosa pareja que hacían juntos. Apreté en mi puño la borla de mi
bastón. Aquel larguirucho se había vuelto a poner entre la belleza rubia
y yo. Tomé con fuerza mi bastón y me perdí entre el gentío para
intentar controlar mi ira.
Me acerqué hasta donde estaban las bebidas. Con el paso de los años
había aprendido que el alcohol no tenía efecto en mi nueva naturaleza
por lo que podía tomar tanto como quisiera. Pedí una copa y escuchaba el
revuelo de palomitas pavoneándose de sus nuevos vestidos que habían
hecho coser para la ocasión.
Me giré mientras me apoyaba en una pared. No deseaba por el momento
conocer a nadie. Sujeté el vaso con mis labios mientras bebía un sorbo
de aquel licor que era excelente por el momento pero sabía que a medida
que la fiesta avanzase se transformaría en el peor que tuviesen en la
despensa.
Alcé mi mirada del vidrio hasta posarla en la joven que se estaba
transformando en mi obsesión. Algunos mechones de sus cabellos caían
sobre sus mejillas haciéndome desear estar frente a ella y deslizarlos
tras su oreja para que me permitiesen ver por completo aquellos rasgos
perfectamente deseables.
Noté como mis labios se abrían con suavidad y la bocanada de aire
repleto de fragancias humanas llenaba mis pulmones produciéndome una
necesidad de demostrar mi lado oscuro.
- Señor Byron -escuché a mi espalda y me giré acto seguido para encontrarme con un hombre de pelo canoso observándome.
- ¿Sí?
- Me llamo Richard Gallagher – estiró una mano hacia mí mientras intentaba sonreír-. Y esta es mi joven hija, Ammber.
- Encantado -estreché mi mano con la de aquel hombre y después besé suavemente el dorso de la de su hija.
Me fijé en aquel hombre. Sus ojos marrones estaban fijos en los míos
mientras rozaba la mano de su hija con mis labios. La solté y entonces
recordé de donde conocía a aquel hombre.
Richard Gallagher, dueño de la riqueza procedente de la mina de
carbón del reino. La había descubierto después de siglos abandonada en
precarias condiciones. Comenzó a trabajar en ella y rápidamente se
volvió el dueño y la necesidad de todos los habitantes del lugar. ¿Quién
deseaba tener que depender de que la madera estuviese seca si podía
calentarse con un poco de carbón en cuestión de segundos? Aprovechando
la guerra los precios ascendieron como la espuma pues había pocas
existencias ya que no tenía suficientes trabajadores. La ley de la
oferta y la demanda. Un hombre inteligente como pocos. Supo invertir y
ahora tenía más dinero del que podría gastar en tres vidas.
A su lado su hija, de facciones indescriptibles, me miraba con
curiosidad y por sus latidos supuse que también con deseo. Le sonreí
mientras su padre comenzaba una conversación en la que no estaba
interesado ni lo más mínimo. Aquella joven no era muy agraciada pero
seguramente que podría tener una soltura considerable entre las sábanas.
Unas palabras de su padre me hicieron volver a intentar parecer aquel
joven del que todos desearían ser la mitad de maravilloso que a simple
vista parecía. Cualquiera que escuchase mis pensamientos sabría que
tenía un ego tan grande como la fortuna que había heredado pero ¿a quién
le importaba lo que pensasen los demás? El futuro no estaba en los
hombres, sino en las jóvenes que heredarían aquellas inmensas cantidades
de dinero.
- Nos complacería invitarle a nuestra casa un día. Sería muy
descortés no invitar a alguien nuevo en este mundo. Mi hija, es más,
desearía ser su guía para mostrarle las maravillas de este reino por si
decide quedarse o fijar su residencia aquí -concluyó.
- Debería pensar en la oferta de mudarme a este lugar. Puede que su
hija -sonreí a la joven-, me enseñase las ventajas de este reino sobre
otros, sea suficiente para que compre cualquier lugar y decida
permanecer aquí el tiempo necesario. Además desearía realizar algunos
negocios. Quizá sea interesante su oferta acerca del carbón o incluso
podría usted ser un gran amigo y mostrarme qué interesante podría ser
que aportase ciertas… digamos donaciones a determinados proyectos
-sonreí mientras él veía que entendía sobre todo ello.
- Será un placer. Esperamos que venga a visitarnos pronto, entonces -asintió.
- Por supuesto. Cuenten con mi presencia cuando menos lo esperen
-alcé mi copa y tras despedirme y volver a besar la mano de Ammber
caminé acercándome hasta donde comenzaban las damas a arremolinarse para
ser la pareja de baile de algún joven.
Observé a todas y cada una de las posibles presas. Canturreaban,
daban ligeros chillidos agudos cada vez que un hombre las miraba más de
dos segundos y ellas se percataban.
La música cada vez sonaba más alto y las parejas se iban formando.
Fui consciente de ser el objeto de deseo de muchas miradas pero una
emanaba lujuria.
Desvié un poco la trayectoria que recorría para contemplar a la
belleza de cabellos de oro que me volvía loco tanto de noche como de
día. Permanecía al lado de su estúpido enamorado recibiendo sus
atenciones. No había manera alguna de que ella se fijase así en mí por
lo que no iba a perder mi tiempo.
Me giré y sonreí de la manera más seductora que sabía a la mujer
pelirroja que desde el primer instante pensaba como hacer que ambos
gritásemos de delirio.
- ¿No se anima a bailar, señora? -pregunté con una mirada juguetona.
- Señorita -me corrigió ella-. Y no hay ningún hombre que deseé bailar conmigo. ¿Puede creérlo?
Podía, pues todo los presentes querían bailar con la princesa
Devonshire que aún no se había percatado de que tenía a toda la corte a
sus pies.
- En absoluto -susurré mientras tomaba su mano y la sacaba a bailar.
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