La cola era inmensa. ¿Quién se resistiría para trabajar a las órdenes
de un rey? Por muy duro que fuese el empleo el suelo debía compensarlo
más si a eso sumamos la comida caliente y un hogar donde descansar si no
se tenía… Para todos ellos debía ser el paraíso. Si escogían a alguno
de esos incompetentes mi plan se vería en serio peligro. Era más que
obvio que debía andar con pies de plomo mientras usase mis habilidades
para ser el hombre escogido. Debería emplearme a fondo para que todo
saliese como había pensado. No había posibilidad alguna que me hiciese
retroceder.
Me senté en el suelo mientras escuchaba a todos los hombres que allí
dialogaban los unos con los otros envidíandose por determinadas
habilidades que creían tenía la competencia. Unos albergaban la
esperanza de ser elegidos para darle más dinero a sus familias pues
todos estaban moribundos al ser ciento y un mil para llevar un mendrugo
de pan a la boca. Otros de ellos se habían presentado tan solo para
pasar el resto de sus vidas en un lugar cómodo y cálido pues no tenían
casa. Unos pocos curiosos habían decido colocarse en la fila para saber
como era el interior del palacio y si podían birlar alguna que otra
reliquia. Algunos románticos empedernidos soñaban con la posibilidad de
conquistar de esa manera a alguna de las princesas o a alguien de la
alta sociedad ahora que podrían estar a su lado. Patéticos, cada uno
más que el anterior si eso era posible.
Deslicé mis dedos por mis sienes intentando calmar aquella sucesión
de pensamientos insulsos que llegaban a mis oídos como si estos fuesen
imanes. Quizá la única persona que podría poner en peligro mi plan era
el hermano mayor Gabriel. Debería persuadirle de que mis intenciones
eran buenas, a pesar de no serlo en absoluto.
Todavía tardarían mucho en empezar a evaluarnos a todos y cada uno de
nosotros por lo que decidí imaginar la reacción de la joven Helen al
verme cuando fuese escogido. Sabía que la ropa que había llevado
mientras era un simple granjero, no era el atuendo adecuado para
acercarse a nadie que se hiciese llamar “alteza”. A pesar de ello, se
conocía a la princesa por su caridad. Puede que la alegrase saber que
junto a mí podría salir de palacio todo lo que quisiera pues nadie
convencería a su padre mejor que yo.
No pude evitar reír ante mi último pensamiento. Sabía que sonreiría
todo el tiempo y que mientras permaneciese junto a ella la persuadiría
para que así se entregase antes de su matrimonio. Podía sentir sus
apetecibles labios cerca de los míos y su cálido aliento rozar mi piel.
Abrí mis ojos. No podía descontrolarme allí mismo. Todo el mundo podría verme.
Notaba demasiadas miradas fijas en mí. ¿Podrían haberse percatado de
quién era? Agudicé mi oído para poder obtener alguna noticia al
respecto. Tras intentar aislar varias conversaciones sin atracción
alguna para mí, pude encontrar una voz grave que conversaba con otros
hombres sobre el tipo que está sentado, o lo que es lo mismo, sobre mí.
- ¿Veis las ropas que trae?
- Seguro están así de arrugadas porque no ha tenido tiempo para buscar algo mejor. ¿Quién será la que habrá caído ahora?
- Escuché que llevaba semanas desaparecido y que ni una sola mujer
podía hacer otra cosa que dejar cartas por la rendija de la puerta de su
casa.
- ¿Tuvo la desfachatez alguna de vuestras mujeres?
- ¡Líbrela de mí si se atreve esa desgraciada a dejar un solo sobre para ese ser!
- Si hubiese sido así, hace tiempo que la hubiese repudiado.
- Jamás entenderé como consigue que todas se vuelvan como locas por
ser poseídas por él. Es un mugroso repugnante. Ni tan siquiera se lava
para venir a ver a la familia Real.
- ¿Qué creéis que esperará ese con todo esto?
- Seguro que quiere ser el que desflore a alguna de las princesas.
¡Já! Quiero que lo intente para ver como el rey le corta la cabeza.
- Me apuntaría sin problema alguno para ver su ejecución.
Después rompieron a reír y sonreí de soslayo mientras sus palabras
eran analizadas por mi mente. Hablaban de mi anterior vida. Deseaban la
muerte de Daniel Simmons. Por el momento había conseguido engañar a
aquellos estúpidos sin cerebro. Si no recordaba mal me había acostado
con todas y cada una de sus mujeres. Algunas por borrachera, otras por
no tener ganas de ir a buscar buenas conquistas, y a dos de ellas porque
sus maridos no las satisfacían, ellas eran puro volcán y para qué
negarlo, sus cuerpos eran de escándalo. Ladeé mi cabeza y les sonreí con
malicia sabiendo que aquello les enfurecería.
Debía recordar entrar en mi anterior hogar, quizá aquellas cartas me harían reír como en los viejos tiempos.
Algunos niños correteaban por la fila saltándose los lugares. Habían
comenzado a dejar pasar a los primeros que llevaban tiempo esperando ser
atendidos. Como era costumbre del rey no atendía a nadie sin haber
dormido como un lirón.
Tomé una de las piedras que había junto a mi cadera. No era grande en
absoluto, solo un pequeño canto que hice trizas entre mis dedos. Era
aburrido y tedioso tener que esperar a ser atendido cuando se deseaba
conseguir una meta tan deliciosa.
En ese instante, las jóvenes princesas salían de palacio sin su
hermana mayor. Comenzó a carecer de importancia para mí su presencia. No
era William Byron en ese momento para coquetear con Susan, la más que
exuberante hermana menor de Helen. Ella caería tan rápido como un fruto
cuando está maduro. Las metas fáciles dejaban de tener emoción enseguida
mientras que con Helen todo eran dificultades para acercarse a ella.
La atención de los hombres se fue solo a la visita inesperada que
teníamos. La coquetería de Susan era tal que obligaba a su hermana a ir
de carabina cuando no tenía edad para ello solamente porque quería
pavonearse ante miradas lascivas. Estúpida y arrogante. Tenía demasiado
complejo de inferioridad con respecto a la belleza de su hermana o bien
podía tener tan alto su ego que no podía pensar con claridad en el
decoro.
Se iba acercando poco a poco a donde estaba ya que no me había
levantado para hinchar aún más su ego de lo que ya estaba inflado. Sus
faldas rozaron las punteras de mis zapatos y alcé mi mirada hasta el
rostro de niñita malcriada.
- ¿No se levantará ante una dama? – preguntó con desdén.
- ¡Oh, cierto! -me incorporé y tomé la mano de la pequeña Leonor-.
Encantado de conocerla, alteza -murmuré y dejé un pequeño beso en el
dorso de su manita-.
La niña respondió con una inclinación de cabeza demasiado avergonzada
como para responder. Le sonreí de aquella manera que solo tenía
reservada para niñas jóvenes. Una sonrisa pura y limpia.
- ¡Me refería a mí! -me reprendió alterada su hermana.
- No he visto por aquí ninguna otra dama, señorita -alcé mi mirada hasta ella.
- ¿Quién se cree usted para decir… ?
- Sh, señorita. Solo digo lo que veo. Una dama no va mostrando sus
encantos como si de un pavo real se tratase. ¿Tanto le interesa
encontrar marido o solo desea ser observada para que su ego sea tan
grande como sus atributos? -la interrumpí divertido.
Siempre me encantaba bajar de las nubes a las mujeres tan creídas
como ella. Era sumamente chistoso ver como intentaban responder a
comentarios que jamás habían imaginado recibir.
- ¡Es usted un maleducado! -gritó y se giró agarrando sus faldas para volver al palacio.
- A sus pies -dije reprimiendo una carcajada.
La pequeña Leonor me miraba sorprendida pero curiosamente
entretenida. Le guiñé un ojo y ella corrió hacia su hermana para entrar
junto a ella en su hogar.
Cuando las seguí con la mirada vi como en el edificio se abría una de
las ventanas de un piso superior. Los cabellos dorados de la joven que
asomaba su cabeza al exterior se fundían como algo natural con el
ambiente. Su rostro pálido observaba aquella fila de hombres que
esperaban por ser su próximo carcelero. Suspiró pesadamente para después
encontrarse con mi mirada. Sus ojos azules ejercían una descomunal
atracción a cualquiera que tuviese la suerte de ser rozados por su
inspección. Me sonrió con debilidad y le devolví la sonrisa.
Escuchó la voz de su doncella tras ella y cerró su ventana pero antes
de hacerlo, depositó una vez más su mirada en mí para vocalizar una
sola palabra. Suerte. Me deseaba suerte para que yo fuese escogido. Me
incliné en forma de agradecimiento. Sonrió con mayor amplitud y terminó
de cerrar la ventana para prestar atención a su criada.
La cola seguía avanzando y con ella el momento en el que debía estar
listo para usar toda mi pericia para fascinar a aquella persona que
estuviese escogiendo el ayudante de cámara.
Los guardias permanecían en las puertas del servicio de palacio.
¿Para qué iban a abrir la puerta principal si podían tratarnos desde un
principio como lo que seríamos fuese quien fuese el nombrado? Me parecía
un tanto extraño de todas maneras que alguna de sus altezas hubiese
aceptado entrar en aquel cuchitril.
Un joven más, un nuevo rechazado.
Al fin estaba a las puertas. Los guardias aburridos seguían cada uno
un ritmo diferente de pensamientos. Reí internamente al escuchar como
uno de los dos pensaba en como estaría su gato.
Entré entonces en aquel pequeño cuarto habilitado para la ocasión. Un
hombre viejo me miraba a través de sus gafas diminutas las cuales
sujetaban las aletas de su nariz con cierta dificultad. Su pelo canoso
estaba enmarañado y no parecía ser uno de los sirvientes del lugar. Nada
más cruzar el umbral estaba tomando notas con una rapidez realmente
extraordinaria a su edad.
Carraspeó antes de empezar a hablar y se ajustó las gafas creando una
mueca francamente graciosa. Me contuve para reír pues estaba pendiente
de lo que pensaba sobre mí, si era válido o no para trabajar allí.
- Veamos. Dígame, nombre completo -ordenó con una voz cascada por la edad.
- Daniel Simmons – respondí con rapidez.
Anotó mi nombre y sin levantar la pluma ni su vista de la hoja volvió a preguntar.
- ¿Edad?
- 24 años.
Comenzó a chasquear su lengua y después se repantigó en la silla de
madera que crujió de manera preocupante dejando claro que si continuaban
tratándola de aquella manera no dudaría mucho más sin romperse.
- ¿Conoce las obligaciones que debe tener como ayudante de cámara? ¿Conoce el protocolo y las reglas de decoro?
Sus preguntas me sorprendieron pero supe lo que debía contestar, simple y llanamente la verdad. Me escogerían de todas formas…
- Si le soy sincero, caballero, creo que soy el peor hombre en el
mundo para seguir tales reglas y no pienso aceptar órdenes absurdas de
nadie mientras trabaje en este lugar -sonreí.
- ¿Cómo tiene tan claro qué… ?
Me acerqué a él con tal velocidad que pensé que le daría un ataque al
corazón allí mismo si se asustaba demasiado. Fijé mi mirada en sus
pupilas para ver como mis ojos cambiaban de color varias veces hasta que
supe que le tenía bajo mi control.
- Escuche atentamente. Daniel Simmons será el nuevo ayudante de
cámara de la señorita Devonshire. Esa frase será la que repetirá en
cuanto se levante. Ya ha tomado su decisión. Daniel Simmons será el
nuevo ayudante de cámara de la señorita Devonshire -siseé entre mi
dientes como si estuviese adiestrando a una serpiente.
- Daniel Simmons será el nuevo ayudante de cámara de la señorita Devonshire -repitió el anciano.
Sonreí e irguiéndome caminé hasta la posición en la que antes había
estado. El hombre se levantó con dificultad y fue hasta los guardias.
- Ya he tomado una decisión -les informó.
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