Su cuerpo descansaba sobre las suaves sábanas de diseño que había
comprado un día su esposa junto a él. Jamás había comprado algo tan
simple como unas sábanas pero ella le había arrastrado hasta la tienda
casi literalmente a base de chantajes con su dulce sonrisa y su
coquetería.
Pasó la yema de su dedo índice sobre sus labios mientras la belleza
rubia yacía tranquila después del llanto. Sus cabellos parecían olas
deslizándose por los pliegues de la tela. La luz de la luna los rozaba y
hacía que su color pareciese aún más imposible de como era. Algunos
mechones revueltos descansaban sobre su pómulo y las puntas se apoyaban
con suavidad sobre sus sugerentes labios. Cada vez que el aire escapaba
de entre sus labios, ellos juguetones se alzaban para después volver a
su lugar.
El albornoz cubría su cuerpo de manera irregular pues se había movido
en exceso mientras la tortura que su mente le regalaba conseguía que se
revolviese entre sollozos. La peluda tela ocultaba uno de sus hombros
mientras que el otro estaba a la vista dejando que las sombras de la
noche se dibujasen en su perfecta piel. Descendía por su cuerpo tapando
sus pechos y su espalda. Su minúscula cintura estaba atada con el
cinturón que el albornoz tenía incorporado y sus piernas eran
perfectamente visibles pues el albornoz tan solo tapaba sus vergüenzas.
Thomas permanecía contemplando aquel regalo de la naturaleza notando
su corazón acelerado intentando callarlo con sus pensamientos
razonables.
Durante aquellas horas había leído el expediente con el nombre de su
fallecida esposa. No ponían nada en aquellos papeles que su mujer no le
hubiese contado durante su vida juntos. Eloise había sido realmente
sincera con él durante todo su matrimonio, le había contado todo lo que
había hecho y él no se perdonaría haber dudado ni un segundo de ella.
Se acercó lentamente hasta aquel cuerpo tranquilo. Se arrodilló
frente a ella mientras observaba como su pecho se iba moviendo de arriba
abajo tranquilo indicándole que aún estaba dormida. Eran tan parecidas.
¿Podrían ser gemelas que hubiesen sido separadas al nacer?
Apoyó suavemente las yemas de sus dedos en el tobillo de aquella musa
para después ir subiendo con mucho cuidado por esa piel de seda.
Suspiró y quitó rápidamente la mano llevándola a su cabello. ¿Qué estaba
haciendo? Era una chica desconocida, no era su mujer.
Notó como las yemas de sus dedos le ardían por haber rozado aquella
piel. Tenían la piel exactamente igual de suave. Oh, Eloise, lo que
daría porque fuera ella. Si estuviese allí su esposa se tumbaría a su
lado y le abrazaría con todas sus fuerzas hasta que le sangrasen los
dedos por la fuerza que haría para mantenerla siempre entre sus brazos.
Amaba aún con tanta fuerza a su esposa. Daría hasta su alma por
recuperarle. Apoyó sus manos sobre su rostro mientras cerraba sus ojos
con dolor, con rencor, intentando controlar las lágrimas de la
desesperación. Quería a Eloise, allí, ahora, con él.
Notó en ese instante unos dedos rozando su cabello con suavidad y asustado alzó la mirada hasta ella.
Jeanne estaba despierta observándole. Acariciando sus cabellos como
si sintiese pena por él. Se incorporó lentamente mirándole a los ojos.
Ambos se perdieron en el azul de los ojos del otro.
- ¿Qué le ocurre? -preguntó con suavidad aún ligeramente adormilada.
- Eres… idéntica -murmuró.
Jeanne frunció su ceño confundida y bajó su mano. Pensaba que estaba
teniendo un sueño con aquel hombre que la había salvado. Negó
ligeramente y secó una de las lágrimas que caían por la mejilla de aquel
multimillonario.
Thomas sintió su caricia y tragó en seco al notar su cercanía. Era
una tentación. Era el cuerpo de su esposa y parecía tan dulce como ella.
- Gracias -musitó la joven que aún deslizaba su pulgar por la mejilla de él.
- ¿Por qué?
- Por no dejar que me hiciesen algo peor.
Negó y tomó la mano de la joven besando sus nudillos. La apretó
contra sus labios suspirando al sentir que olía como su esposa. Bajó la
mano y observó los ojos cristalinos de aquella frágil muñeca.
- Duerma…
Thomas se levantó. Caminó hasta una de las puertas laterales y salió
de la habitación mientras Jeanne se acurrucaba entre las sábanas sin
entender aún ese momento que para ella había sido un sueño y pronto
olvidaría.
Se quitó la chaqueta y la camisa mientras pensaba en todo lo que
había acontecido. ¿Dejaría que aquella chica, la única conexión que
podía tener ya físicamente con su mujer, desapareciese de su vida
después de esa noche durmiendo en su casa? Debía hacerlo. Debía dejar
que volviese a sus costumbres pero… no quería que le pasase nada. ¿Por
qué tenía que parecerse tanto a su ex mujer?
Se puso una camiseta, después se quitó el pantalón y se colocó uno de
chándal. Volvió a la habitación donde la joven rubia estaba tumbada
descansando. La observó unos segundos dormir, después caminó a paso
ligero hasta el reproductor de música dejando de fondo una melodía de
Thomas Newman. Tras ello se sentó en el despacho y teniendo al frente a
esa dulce princesa, comenzó a deslizar uno de sus lapiceros por el
papel.
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