Comencé a respirar entrecortada. No parábamos pero tú mantenías mi mano firmemente sujeta para que siguiese tu ritmo.
En mitad de la carrera entrelazamos nuestros dedos y la sonrisa en mi rostro se hizo mucho más ancha.
Te amaba y cada pequeño gesto tuyo estaba consiguiendo que mi corazón se desbocase aún más que cuando te veía a través de la pantalla.
Adoraba cada uno de tus gestos porque en persona eran aún más perfectos que cuando los veía por la televisión, en fotos o en la pantalla del ordenador.
¿Por qué te amaba con tanta fuerza? No quería. Sabía que tú jamás me ibas a corresponder y es más, todo aquello me estaba pareciendo un sueño. No podía ser real que tú me hubieses invitado a Londres para que lo viese contigo. Es más ni tan siquiera recordaba haber hablado contigo de otra manera salvo escribirte e-mails a una dirección que yo misma inventé para poder enviarlos y seguir con la fantasía de que tú podías leer todo lo que yo sentía por ti. Suspiré y entonces paramos de sopetón.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.