Me atreví a mirarte un solo segundo pero después de eso volví a observar por la ventanilla. No sabía que hacer. Mi corazón palpitaba tan acelerado en mi pecho que me estaba volviendo completamente loca.
Suspiré y cerré un instante mis ojos. En ese preciso momento noté como unos labios rozaban mi mejilla con un suave y tierno beso. Giré mi rostro y allí estabas tú. Te sonrojaste, me sonreíste y te separaste tan rápido que no pude ni reaccionar.
El coche paró y bajaste de él. Hice lo mismo y miré con detenimiento el lugar al que nos había llevado. No era un hotel, en absoluto, estábamos cerca del río Támesis.
Te miré y me guiñaste el ojo. Algunos de los allí presentes te reconocieron pero no te importó. Tomaste mi mano y con rapidez empezaste a tirar de mí corriendo hacia un puente.
Tu tacto me ardía, era suave y a la vez mejor de lo que nunca soñé. Sonreí mientras corríamos esperando que aquella extraña carrera no terminase nunca.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.