miércoles, 4 de mayo de 2011

La fantasía de vivir 2

Capítulo 2. El continuo rememorar

Me tumbé sobre la cama y puse mis manos bajo mi nuca. Miles de pensamientos que todos los días recorrían mi mente volvían a clavar su veneno en mi corazón para que la herida fuese aún más profunda de lo que jamás había sido.

Cerré los ojos ante el dolor que poco a poco tomaba forma, una forma tan grande que deseaba parar. ¿Podría alguien morirse del dolor? No, aquello no era el adelanto de mi muerte ya que en múltiples ocasiones había sufrido un mal similar. Aquel era el dichoso amigo que jamás me abandonaría: el tormento.

Algunas personas necesitan cariño, otras necesitan sustancias pero yo no requería nada más que el suplicio para darme cuenta que mi vida, mi miserable existencia continuaría otro día más.

Respiré tan hondo como mis pulmones, que parecían quemarse, me permitieron. Abrí de nuevo los ojos dejando mi vista fija en una mancha que habían en el techo.

¿Pueden ser los días aburridos? Nadie puede saber lo que es verdaderamente aburrirse hasta que le sucede algo similar a dejar de pensar por lo que yo jamás podría expresarme con frases como "vaya hartura de día" ya que mi cerebro siempre me regalaba algún recuerdo doloroso para que el día tuviese un ápice de normalidad.

Me incorporé de nuevo y miré hacia la ventana mientras de mi boca salía el aliento que tantas veces había intentado parar.

La lluvia no cesaba y yo no deseaba que lo hiciese, de alguna manera saber que los demás eran un poco desgraciados porque no podían salir, me alegraba un poco pero rápidamente me castigaba mentalmente a mí misma por pensar algo así.

Pasé mis manos por mi rostro un instante y solté el aire que permanecía en mis pulmones. Sabía que no podía retrasarlo más; aquellas páginas parecían cantarme para que volviese e intentase llenarlas con aquellos garabatos que yo llamaba frases.

Volví a levantarme y me senté en la silla. En la mesa sin moverse aún estaban el diario y aquel bolígrafo con el que había empezado a escribir.

Pasé mi mano por mi pelo indecisa si aquella sería la solución que realmente debía tomar o no, quizá tan solo me estaba comiendo la cabeza con una idea que no tendría sentido. Nadie leería eso, nadie salvo yo. ¿Qué más daba si estaba lleno o estaba completamente vacío? Pero si nadie iba a leerlo podría intentar comprobar si aquella podría ser la manera en la que descargase mi alma.

Apreté la mandíbula enfadada conmigo misma por no ser capaz de tomar una simple decisión como esa. Cerré los ojos y con el puño apretado avancé hasta el lugar donde descansaba el bolígrafo. Lo tomé entre mis dedos y abrí los ojos después.

Puse la punta sobre el papel intentando decirme a mí misma que nada malo pasaría por seguir probando pero algo dentro de mí me pedía que no lo hiciese. ¿Podía haber alguna extraña razón? No lo sé pero si piensas mal acertarás, ese era mi lema. ¿Podría ocurrirme algo peor?

Fruncí mi ceño, nada, absolutamente nada podía compararse ya a lo que me sucedía. Simplemente escribir sería algo inútil y nada más.

Respiré hondo y me dispuse a escribir.

Tantas preguntas recorren mi mente todos los días. Desearía preguntar porqué a tantísimas personas. Todas las situaciones que me siguen hiriendo desearía borrarlas pero no puedo hacerlo, no soy capaz, en mi mente siguen clavadas, fijas para que mi cerebro jamás las olvide. Todo aquello no quería volver a repetirlo pero mi vida parecía un círculo donde hasta el más mínimo detalle tiende a sucederse de igual manera en un futuro no muy lejano. 

Ya no sé a qué puedo temerle y a qué no. Para ser sincera temo a todo, absolutamente todo. Mi mundo me da pánico, estar en esta maldita habitación me hace sentir segura porque todo lo demás me da miedo, me aterra tanto que no sé ni como despierto todas las mañanas con la esperanza de que por un día no llegue a sufrir. 

Tan solo yo podría saber como parar todo aquel miedo pero lo desconozco. Me odio por ser tan miedosa, por no darme  cuenta que en realidad todo lo sucedido debería ya darme igual y mirar al futuro, vivir el presente, saber que no soy aquella niña de seis años con la que todos se metían, aquella tonta que siempre estaba en todo momento para cuando a todos les convenía, aquella niña que dejó su infancia pasar sin disfrutarla...

En ese instante la puerta de mi habitación se abrió y dejé rápidamente el bolígrafo sobre la mesa. Una mujer entró y me sonrió.

- Lucía, tienes que venir conmigo, ¿de acuerdo?

Asentí. Estaba acostumbrada a que todos los días una mujer diferente me llevase a distintos lugares así que me levanté y después de ponerme mis zapatillas la seguí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.